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jueves, 3 de marzo de 2011

La Bisexualidad en estudios sobre sexualidad por Myriam Brito Dominguez



La Bisexualidad en estudios sobre sexualidad

por Myriam Brito Dominguez



La bisexualidad hace sentir a la gente incómoda. 
Mucha gente desearía que los bisexuales sólo se fueran, o al menos, que no hablaran de ello, porque la sola existencia de la bisexualidad es vista como una amenaza al orden social. 
Robyn Ochs. “Biphobia: It Goes More than Two Ways”.
Sobre la bisexualidad y las personas con una orientación bisexual existen muchos prejuicios, por ejemplo, se cree que son personas poco o nada confiables, que son infieles, que siempre quieren o necesitan andar con mujeres y hombres al mismo tiempo; que no pueden establecer relaciones de compromiso, fidelidad y/o monogamia; que se encuentran en transición hacia la homosexualidad; que se niegan a asumir su “verdadera” orientación, sea por miedo o comodidad; que se encuentran confundidas; y que son quienes con mayor seguridad contagian enfermedades de transmisión sexual como el SIDA.


Este tipo de prejuicios acerca de la bisexualidad se pueden encontrar tanto en espacios presumiblemente heterosexuales, como en los que son abiertamente lésbicos y gays, no obstante que las y los bisexuales comparten con gays y lesbianas graves problemas, producto de la discriminación en todas sus formas, a partir de una visión y un modelo dominante de heterosexualidad.
Los prejuicios respecto de la bisexualidad, también pueden encontrarse en disciplinas como la psicología, los estudios sobre sexualidad y los llamados estudios lésbico-gays, entre otras. 

Haciendo una revisión sobre algunos textos que abordan esta cuestión (sobre todo en el ámbito anglosajón) se puede ver como estos prejuicios afectan a la bisexualidad en tanto objeto de estudio. 
En este sentido, Gary Zinik apunta que la “bisexualidad ha sido mal entendida por largo tiempo, tanto en la psicología académica como en la sociedad en su conjunto. 
Respecto de la investigación sobre homosexualidad se han realizado cientos de estudios y publicado cientos de libros; en gran contraste, la comunidad científica ha tenido poco interés en la bisexualidad” (Zinik, 1985:7).
Es difícil rastrear con puntualidad y detalle las fuentes que desde la sexología, la psicología u otra disciplina afín, han reproducido esta visión negativa y prejuiciada de la bisexualidad; sin embargo, Zinik nos ofrece dos modelos para entender cómo se ha dado el debate académico en torno a ésta: el conflictivo y el flexible (dichos modelos son los que retoma Izazola en uno de los pocos artículos que se han escrito sobre el tema en nuestro país).
Para los fines de este texto, aquí sólo se trabaja con el primero. 

Desde el modelo del conflicto, la bisexualidad es considerada como una experiencia donde la identidad está en conflicto o confusión, como una etapa temporal o transicional.
 La “verdadera” orientación sexual de la persona (se presume homosexual) se encuentra enmascarada y sería posible ubicar cuál es el método que la persona emplea para negar consciente o inconscientemente su verdadera orientación homosexual, o bien defenderse de ella. (Zinik, 1985: 9).
Algunos de los autores que se pueden considerar parte de este modelo del conflicto, son, de acuerdo con Zinik: Edmund Bergler (Homosexuality: Disease or Way of Life, 1956) quien denunciaba con vehemencia que la bisexualidad era un fraude, pero entendía que los varones homosexuales en ocasiones tuvieran “sexo mecánico” con mujeres. H. M. Ruitenbeek (Homosexuality: A Changing Picture, 1973) escribe que la máscara de la bisexualidad podía ser muy peligrosa. Irving Bieber (Playboy Panel: Homosexuality, 1971) planteaba que un hombre era homosexual si tenía un compartimiento homosexual, sin importar su auto-identificación. Por otro lado, J. Stern (The Sixth Man, 1961) reportó el reclamo de la gente respecto de que los bisexuales eran individuos perturbados, con una identidad problemática, conflictos de pareja y sentimientos de culpa. D. W. Cory y J. P. Leroy (The Homosexual and His Society, 1963) describen a los bisexuales como “adolescentes muy crecidos”, confundidos, sin sentido e identidad de grupo, y con una falta de capacidad para diferenciar una forma de sexualidad de otra. (Zinik, 1985: 9-10).
Siguiendo este planteamiento respecto de los prejuicios sobre la bisexualidad en las llamadas “ciencias de la conducta”, Beth Firestein sostiene que en el campo de las investigaciones sobre las orientaciones sexuales, hay una serie de nociones que se aceptan como ciertas y que afectan el estudio de la bisexualidad, basándose en un “modelo dicotómico” que considera como válidas sólo a la homo y la heterosexualidad. 

Dichas nociones, que bien pueden considerarse como prejuicios que contribuyen a la invisibilización de la bisexualidad en las investigaciones sobre sexualidad son:


1. “Los individuos que exhiben sentimientos y comportamientos bisexuales son o verdaderos homosexuales o verdaderos heterosexuales, y enmascaran [por medio de su bisexualidad] su verdadera orientación sexual.
2. Quienes reportan un interés erótico y experiencias significativas con mujeres y hombres, probablemente representan mal su experiencia y se presentan como bisexuales para evitar todo el estigma asociado a la homosexualidad.
3. Porque los verdaderos bisexuales no existen, es adecuado juntar, en las investigaciones, los datos de los participantes bisexuales y homosexuales y analizarlos como si todos los participantes fueran homosexuales.
4. [En el caso de las/los bisexuales] el sexo biológico de la pareja es siempre la variable determinante en la selección individual de su compañera/o sexual y romántica/o.
5. La bisexualidad no es más que una orientación transicional, adoptada temporalmente como un movimiento individual desde la identificación heterosexual hacia la homosexual.
6. El comportamiento sexual y la identidad sexual son concordantes; es más, los individuos identificados como gays y lesbianas tienen deseos y experiencias sexuales solamente con el mismo sexo, y los individuos identificados como heterosexuales tienen deseos y experiencias sexuales solamente con el otro sexo (…).
7. Heterosexuales, homosexuales y bisexuales (si es que existen) constituyen una población de estudio distinta, no relacionada y que no cambia” (Firestein, 1996: 271).




Por otro lado, en nuestro contexto se ha escrito muy poco sobre bisexualidad; sin embargo, es importante hacer referencia a dos textos que reproducen, aunque de forma diferente, varios prejuicios sobre la bisexualidad en sus respectivas investigaciones de sexualidad. 
El primero es el libro de Marina Castañeda, La experiencia homosexual. 
La autora le dio al capítulo 8, un título muy ilustrativo, “El espejismo de la bisexualidad”. 
En dicho capítulo, la autora intenta proceder de manera rigurosa: plantea qué no es la bisexualidad, da una definición elemental de ésta, señala brevemente las visiones que hablan de la bisexualidad como una orientación variable (Kinsey y Freud)
Dedica un poco más de espacio a las interpretaciones tradicionales que apuntan a la bisexualidad como fase de transición, negación de la homosexualidad o algo que sucede por accidente; habla también de una dimensión ideológica, desde la cual la bisexualidad es vista como una moda o una convicción política; y señala diferentes tipos de bisexualidad, en donde subraya el problema de identidad que suelen tener las personas bisexuales.


Hacia el final del capítulo, Castañeda dedica dos apartados para hablar de los límites y los problemas de la bisexualidad, y es en este punto donde se considera necesario hacer una cita un poco extensa para seguir las reflexiones aquí planteadas: “En muchos casos, la bisexualidad no es más que una fórmula expedita que está de moda, y que deja todas las opciones abiertas sin resolver nada. 


Es evidente, sin embargo, que no todas las personas que se consideran bisexuales están en esta situación. Muchas de ellas sí tienen relaciones amorosas importantes, aunque sean «abiertas», con hombres y mujeres. 
A fin de cuentas, todos los bisexuales acaban por toparse con un problema central que no tiene solución: jamás encontraran una persona que sea a la vez hombre y mujer. 


Tienen pocas probabilidades de encontrar una pareja que pueda satisfacer a la vez sus necesidades afectivas y sexuales. Esto significa que todas sus relaciones están condenadas a ser parciales.
 He aquí la respuesta a una de las preguntas antes planteadas ¿cómo puede uno amar a dos personas al mismo tiempo? 
La única manera de hacerlo radica en amarlas sólo en parte (…)
 En esta óptica, la bisexualidad es la elección ideal para las personas (sobre todo los hombres) que buscan una aventura, más no una pareja, y para quienes desean muchas relaciones sexuales o amorosas, pero no una relación” (Castañeda, 1999: 226-227).
Después de leer este párrafo se puede ver en primer lugar que Marina Castañeda hace eco de muchos de los prejuicios acerca de la bisexualidad revisados líneas arriba, al considerar que la bisexualidad “es una moda” y no una orientación sexual válida. 

En segundo lugar, asocia bisexualidad con relaciones abiertas, sin considerar que muchas y muchos bisexuales tienen relaciones cerradas o monogámicas. 
Su comentario se relaciona con el prejuicio de que las y los bisexuales no pueden tener relaciones estables o profundas porque su orientación sexual “les demanda” andar con mujeres y hombres, y eso las y los “incapacita” para la fidelidad o la monogamia. 
Un tercer elemento es que Castañeda presupone que las personas con una orientación bisexual buscan a alguien que sea “mujer y hombre al mismo tiempo”, lo cual hace que tengan “pocas probabilidades de encontrar una pareja que pueda satisfacer a la vez sus necesidades afectivas y sexuales”. 
Estas afirmaciones muestran, como plantea Firestein, el énfasis que se pone, cuando se trata de bisexuales, en el sexo de la pareja como lo más importante en la selección de la compañera/o sexual y romántica/o, sin considerar otros elementos.
Sobre este punto, Charles Hansen y Anne Evans señalan que otro problema que se relaciona con estas visiones prejuiciadas de la bisexualidad, es que se equipara sexualidad con genitalidad.

 Mientras que en las investigaciones sobre hetero y homosexualidad se consideran elementos como el desarrollo de ligas afectivas, las constelaciones familiares o el trauma adolescente, por ejemplo, en el caso de la bisexualidad las/los investigadores regresan a conceptos básicos, centrándose en el comportamiento genital y en un modelo unilineal. 
Así “el debate surge, no alrededor de temas afectivos y valores, no alrededor de la familia y las afiliaciones identitarias, pero sí alrededor de la actividad genital o de las recurrentes incongruencias patológicas intrapsíquicas” (Hansen y Evans, 1985: 2).
A lo anterior cabe agregar otro elemento que causa una gran preocupación: la monogamia, o más bien, el problema de considerar que la bisexualidad es fundamentalmente no-monogámica. 

Frente a las formas de fidelidad que suelen ser socialmente aceptadas, las ideas predominantes sobre la bisexualidad (poco estudiadas y estereotipadas) sugieren que la atracción y el involucramiento sexual de las y los bisexuales, es no sólo con “cualquier persona”, sino “con todas”. (Hansen y Evans, 1985: 3).
 Parecería, como ya se mencionó líneas arriba, que las personas bisexuales, al sentir atracción por mujeres y hombres, tienen un deseo sexual insaciable e infinito -por todas las mujeres y por todos los hombres- el cual les incapacita, por definición, para establecer relaciones monogámicas. 
En este punto, cabe preguntarse por qué esta cuestión se agudiza en el caso de la bisexualidad, sobre todo, si consideramos que los modelos predominantes de monogamia y fidelidad están siendo fuertemente cuestionados en las sociedades contemporáneas, independientemente de las orientaciones sexuales de las personas.
Así, Marina Castañeda afirma que las y los bisexuales están condenadas/os a tener relaciones parciales, porque no se puede amar a dos personas al mismo tiempo. 

Con ello, esta autora no considera que las relaciones erótico-afectivas, en tanto que humanas, se caracterizan por la posibilidad de cambio y la creatividad, y que hay muchas y diferentes formas de amar y de involucrarse. Parece que sus exigencias en las relaciones amorosas son más estrictas para la bisexualidad.
 La afirmación que corona su lectura y análisis prejuiciado es que considera a ésta como una opción “ideal” para quienes buscan “muchas relaciones” sin compromiso, sobre todo los varones, como si estos no fueran capaces de tener relaciones estables, y además, sin considerar que las personas pueden elegir tener cierta clase de relaciones (comprometidas o no) independientemente de su orientación sexual y que esto es algo cambiante.
Desde otra perspectiva y con otros intereses de análisis, Ana Luisa Liguori, en su texto “Las investigaciones sobre bisexualidad en México”, aborda la relación que hay entre algunos aspectos de la cultura mexicana y la transmisión del VIH, respecto de las prácticas de riesgo que tienen los varones que mantienen relaciones con hombres y mujeres.

 No se puede poner en duda ni cuestionar la importancia de estas investigaciones, menos aún ignorar que hay varios tipos de prácticas sexuales que generan altas condiciones de riesgo para el contagio del VIH, aunque, también debe decirse, que éstas no sólo son realizadas por bisexuales. 
Esta autora señala que “al paso de los años y a raíz de la epidemia del SIDA han ido apareciendo algunas investigaciones sobre la conducta bisexual, sobre todo en relación al riesgo que representa para la transmisión del VIH. Estas investigaciones han sido hechas con distintas metodologías y han implicado distintas formas de concebir y aun definir el fenómeno de la bisexualidad” (Liguori, 1995: 137). 
Aquí Liguori alude al problema que se quiere apuntar, y es ¿con qué concepción sobre la bisexualidad se realizan estas investigaciones? ¿Una que mantiene y reproduce los prejuicios y estigmas que se han venido señalando sobre la bisexualidad o una concepción más informada, abierta y positiva de ésta?
Parece que al menos en este texto, Liguori hace eco de dos prejuicios muy extendidos sobre la bisexualidad: por un lado, le parece que el vínculo entre bisexualidad y SIDA es innegable y por el otro, que la bisexualidad es indefinición. 

Así, plantea que “el fenómeno de la bisexualidad, donde existe una indefinición del objeto del deseo, nos parece que representa una problemática diferente (…) 
Algunas de las incógnitas son por ejemplo si la bisexualidad es una manera de enmascarar un deseo homosexual o si se trata de un tercer posicionamiento del deseo.
 Esta cuestión teórica tiene su propio desarrollo.
 Los investigadores en SIDA se enfrentan con dilemas más prácticos” (Liguori, 1995: 149). No obstante que esta autora plantea la necesidad de redefinir la bisexualidad en las investigaciones sobre VIH, parece que en su trabajo aún prevalecen dudas respecto a si la bisexualidad es una orientación sexual o sólo una “máscara” que oculta un deseo homosexual. 
También se aprecia que pone el énfasis sólo en la conducta bisexual, sin considerar el elemento de la autopercepción de los sujetos respecto de sus orientaciones sexuales. 
Finalmente, se debe señalar que para hacer un mejor trabajo sobre VIH, es necesario tener una concepción de la bisexualidad más informada y construida que deje de lado prejuicios sociales.


En este pequeño trabajo se ha querido señalar que los prejuicios sobre la bisexualidad también se encuentran presentes en disciplinas sociales como la psicología, la sexología y los estudios sobre orientaciones sexuales. 


Se considera importante plantear que todas aquellas personas involucradas en estas disciplinas hagan una revisión minuciosa de sus concepciones sobre la bisexualidad y de los prejuicios que subyacen a ellas, con el fin de realizar un ejercicio responsable y respetuoso de su profesión. 


Por otro lado se sugiere una revisión más amplia de sus concepciones respecto de las orientaciones sexuales distintas de la heterosexual y del respeto que se merece este aspecto de la vida de las personas para su dignidad humana.

Bibliografía utilizada

Castañeda, Marina (1999). La experiencia homosexual. Paidós. México. 252 pp.

Firestein, Beth A. (1996). “Bisexuality as Paradigm Shift: Transforming Our Disciplines” en Beth A. Firestein (edit.) Bisexuality. The Psychology and Politics of an Invisible Minority. SAGE. California. pp. 263-291.

Hansen, Charles E. y Anne Evans (1985). “Bisexuality Reconsidered: An Idea in Pursuit of an Definition” en Fritz Klein y Timothy J. Wolf (edits.) Bisexualities. Theory and Research. The Haworth Press. New York. pp. 1-6.

Liguori, Ana Luisa (1995). “Las investigaciones sobre bisexualidad en México” en Debate Feminista Vol. 11. México. Abril, 1995. pp. 132-156.

Zinik, Gary (1985). “Identity Conflict or Adaptive Flexibility? Bisexuality Reconsidered” en Fritz Klein y Timothy J. Wolf (edits.) Bisexualities. Theory and Research. The Haworth Press. New York. pp. 7-19.

Bibliografía encontrada en español sobre bisexualidad

Aldana, Alma (1987). “La bisexualidad: una preferencia sin lugar. Entrevista con Xantatl Metthez” en Fem Núm. 58. México. Octubre, 1987. pp.11-13.

Izazola Licea, José Antonio (1994). “La bisexualidad” en Antología de la sexualidad humana. Tomo I. CONAPO/Miguel Ángel Porrúa. México. pp. 633-671.

Liguori, Ana Luisa (1995). “Las investigaciones sobre bisexualidad en México” en Debate Feminista Vol. 11. México. Abril, 1995. pp. 132-156.

Mendoza Ortega, Sara Elena (2001). “Identidades bisexuales: la bisexualidad como ruptura” en Gloria Careaga Pérez y Salvador Cruz Sierra (comps.) Sexualidades diversas: aproximaciones